La Coctelera

Categoría: cuentos

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La Suegra Del Diablo (Cuento)

Pues, señor, érase, en un lugar llamado Villagañanes, una viuda más fea que el sargento de Utrera, que reventó de feo; más seca que un esparto; más vieja que el andar a pie y más amarilla que la epidemia.

En cambio tenía un genio tan maldito, que ni el mismo Job lo hubiera aguantado.

Le pusieron por apodo la tía Holofernes, y apenas asomaba la cabeza, cuando todos los muchachos daban a huir.

Era la tía Holofernes limpia como el agua y hacendosa como una hormiga, y, por tanto, no tenía poca cruz con su hija Pánfila, la que, a la contra, era holgazana y tan amiga del padre Quieto, que no la movía un terremoto.

Así que la tía Holofernes empezaba riñendo con su hija cuando Dios echaba sus luces, y cuando las recogía aún duraba la fiesta.

-Eres -le decía- floja como el tabaco de Holanda, y para sacarte de la cama se necesita una yunta de bueyes. Huyes del trabajo como de la peste, y te gusta más la ventana, chiquilla sin vergüenza, que a una mona. Más enamorada eres que el tío Cupido; pero, o he de poder poco, o has de andar más derecha que un huso y más ligera que el viento.

Pánfila, al oír esto, se levantaba, bostezaba, se desperezaba, y cogiéndole las vueltas a su madre, se iba a la puerta de la calle.

La tía Holofernes, sin advertirlo, se ponía a barrer con una actividad desatinada, acompañando el ruido de la escoba con monólogos de éste tenor:
-En mis tiempos las muchachas trabajaban como machos.
La escoba hacía chis, chis, chis.
-Vivían recogidas como monjas.
Y la escoba: chis, chis.
-Ahora son un hato de locas, chis, chis; de haraganas, chis, chis; no piensan más que en los novios, chis, chis, Y éstos son un hato de perdidos.
La escoba seguía otorgando con sus chis, chis.

Llegando a la sazón cerca del zaguán, veía a la hija haciendo señas a un mozuelo, y el baile de la escoba terminaba en un bien parado sobre las espaldas de Pánfila, que obraba el milagro de hacerla correr.

En seguida se dirigía la tía Holofernes, empuñando su escoba, a la puerta, pero apenas se asomaba, cuando su cabeza, produciendo el efecto acostumbrado, hacía desaparecer tan ligero al pretendiente que no parecía sino que le habían salido alas en los pies.

-¡Maldita enamorada! -gritaba la madre Te he de romper cuantos huesos tienes en tu cuerpo.

-¿Por qué? ¿Porque pretendo casarme?

-¿Qué dijiste? ¡Casarte, loca de atar! No en mis días.

-¿Pues usted no se casó, señora, y mi abuela y mi bisabuela?

-Harto me pesa, pues ello fue causa de que te pariese a ti, deslenguada, y ten entendido que si yo me casé y se casó mi madre y mi abuela, no quiero que te cases tú, ni mi nieta, ni mi bisnieta, ¿lo has oído?

En estos suaves coloquios pasaban la madre y la hija su vida, sin otro resultado que ser la madre cada día más regañona y la hija cada día más enamorada.

En una ocasión en que la tía Holofernes estaba haciendo la colada y en punto de hervir la lejía, hubo de llamar a su hija para que la ayudase a alzar la caldera del fogón y a verter su contenido sobre la canasta de colar.

La hija la oía con su oído; pero con el otro atendía una voz conocida que cantaba en la calle:

Yo te quisiera querer,
Y tu madre no me deja;
el demonio de la vieja
en todo se ha de meter.


Siendo para Pánfila el pelar la pava una perspectiva más halagüeña que la caldera de la lejía, dejó que se desgañotase su madre y acudió a la reja.

Entretanto, viendo la tía Holofernes que su hija no venía y que se le pasaba la hora agarró sola la caldera para verter el caldo sobre la ropa, y como era la buena mujer chica y de pocas fuerzas, la derramó y se abrasó un pie.

A los gritos desaforados que daba la tía Holofernes, acudió la hija.

-¡Maldita, re maldita, malditísima! -le decía la tía Holofernes hecha un basilisco-.
Enamorada de Barrabás sin más pensamiento que el casorio. ¡Permita Dios que te cases con el demonio!

Algún tiempo después de ésto se presentó un pretendiente, que era uno como pocos: mozo, blanco, rubio y bien Portado y con los bolsillos bien provistos; no había pero que ponerle, y ninguno pudo hallar la tía Holofernes en su arsenal de negativas.

A Pánfila le faltaba poco para volverse loca de alegría; hiciéronse, pues (con el debido acompañamiento de regaños por parte de la futura suegra con el novio), los preparativos de la novia.

Todo marchaba ligero, derecho, sin tropiezo, como por un camino de hierro, cuando, sin saber por qué, la voz del pueblo, voz que es como una personificación de la conciencia, empezó contra aquel forastero, a pesar de que se mostraba afable, humano dadivoso; hablaba bien y cantaba mejor y apretaba entre sus blancas y ensortijadas manos las negras y callosas de los gañanes.

Ellos, empero, no se daban por honrados ni subyugados por tanta cortesía; su razón era tan tosca, pero también tan fuerte y sólida, como sus manos.

-¡Por vía de Sanes! -decía el tío Blas-. ¿Pues no me llama ese usía mal encarado señor Blas, como si yo la echase de más y mejor? ¿Qué te parece?

-¿Pues y a mí? respondía el tío Gil- ¿No me viene a dar la pata como si algo tuviésemos que freír juntos? ¿No me dice que soy ciudadano, yo, que jamás he salido ni quiero salir de la aldea?

Por su lado, la tía Holofernes, mientras más miraba a su yerno, más le miraba de reojo.

Parecíanle que entre aquellos inocentes cabellos rubios y el cráneo se interponían ciertas protuberancias de mala especie, y recordaba con recelo aquella maldición que echó a su hija el día de triste memoria en que averiguó a punto fijo lo que duele una quemadura de lejía hirviendo.

Por fin llegó el día de la boda. La tía Holofernes había hecho tortas y reflexiones: las primeras dulces, las segundas amargas; una gran olla podrida para la comida y un gran proyecto dañino para la cena; había preparado un barril de vino generoso y un plan de conducta que no lo era.

Cuando los novios se iban a retirar a la cámara nupcial, llamó la tía Holofernes a su hija y le dijo:

-Cuando estén ustedes recogidos en su aposento cierra bien todas las puertas y ventanas, tapa todas las rendijas y no dejes sin tapar sino únicamente el agujero de la llave. Toma en seguida una rama de olivo bendito y ponte a pegar con ella a tu marido hasta que yo te avise; ésta ceremonia es de cajón en todas las bodas y significa que en la alcoba manda la mujer, y sirve para sancionar y establecer ése mando.

Pánfila, obediente por primera vez a su madre, hizo todo como lo había prescrito la pícara vieja.

Apenas vio el novio la rama de olivo bendito en manos de su mujer, cuando echó a huir precipitadamente. Pero como hallase puertas y ventanas cerradas y las rendijas tapadas, no viendo más escapatoria que el agujero de la llave, se coló por él como por una puerta cochera; porque habrán ustedes caído, así como lo sospechó la tía Holofernes, en que aquel mozo tan rubio y blanco y tan bien hablado era ni más ni menos que el diablo en persona, el cual, usando del derecho que le daba el anatema que contra su hija lanzó la tía Holofernes, quería regalarse con los obsequios y regocijos de una boda, cargando luego con su mujer, haciendo así en beneficio propio lo que tantos maridos le suplicaban hiciese en el de ellos.

Pero este señor, a pesar de que sabe mucho, según es fama, había dado con una suegra que sabía más que él (y no es la tía Holofernes el único ejemplar de ésta especie).

Así, apenas entró su señoría en el agujero de la llave, dándose el parabién de haber hallado como siempre la escapatoria, cuando se encontró preso en una redoma, que su prevenida suegra tenía aplicada por fuera al agujero de la llave, y no bien estuvo dentro, cuando la vieja tapó la vasija herméticamente; rogábale el yerno con las voces más tiernas y las súplicas más humildes, con los ademanes más patéticos, que le diese carta de libertad.

Hacíale presente cuánto faltaba con aquella arbitrariedad al derecho de gentes, con aquel despotismo a la Constitución.

Pero a la tía Holofernes no la embaucaba el diablo, ni la desconcertaban arengas, ni le imponían palabrotas, y así no hubo tu tía; cargó con la redoma y su contenido, se fue a un monte, y trepando, trepando con vigor, llegó a su elevada cima, escarpada y solitaria, donde depositó la redoma porque le sirviese de cresta y se alejó amenazando a su yerno con el puño cerrado a guisa de despedida.

Allí permaneció su señoría diez años. ¡Qué diez años, señores! El mundo estaba como una balsa de aceite: cada cual atendía a lo suyo, sin meterse en lo que no le competía; nadie deseaba ni el puesto, ni la mujer, ni la propiedad ajena; el robo vino a ser una palabra sin significado; las armas enmohecieron; la pólvora se consumió sólo en fuegos artificiales; los locos no pasaron de divertidos; las cárceles se vieron vacías; en fin, en ésa década del siglo de oro no acaeció sino un solo deplorable evento..., los abogados se murieron de hambre y de silencio.

Mas, ¡ay!, tan feliz estado había de tener fin; todo lo tiene en éste mundo menos los discursos de algunos elocuentes padres de la patria. El fin de la envidiable decena fue del modo siguiente:

Un soldado llamado Briones había obtenido licencia para ir por unos días a su pueblo, que lo era Villagañanes. Seguía aquél un camino que rodeaba al encumbrado monte sobre cuya cúspide estaba el yerno de la tía Holofernes, renegando de todas las suegras, presentes, pasadas y futuras, prometiéndose a sí mismo acabar con ésa clase viperina cuando reconquistase su poder, valiéndose para éste fin de un medio sencillo: el de abolir el matrimonio; entretanto, pasaba el tiempo en componer y recitar sátiras con la invención de la colada.

Llegado al pie del monte, Briones, que según lo decía su apellido tenía bríos aumentativos, no quiso echarse a un lado, como lo hacía el camino, sino que siguió derecho, asegurando a los arrieros que venían con él que si el monte no se le quitaba de delante pasaría por encima de él, aunque fuese tan alto que le costara descalabrarse contra la bóveda del cielo.

Llegado arriba, quedóse Briones admirado al ver aquella redoma que a manera de verruga llevaba el monte en las narices. Cogióla, miróla al trasluz, y al percibir al diablo, que con los años, el encierro y ayuno, los rayos del sol y la tristeza se había quedado tan consumido y amojamado como una ciruela pasa, exclamó asombrado:

-¿Qué bicho, qué mal engendro, qué fenómeno es éste?

-Soy un honrado y benemérito diablo, mejorando lo presente -contestó humilde y cortésmente el encerrado?; la perversidad de una traidora suegra, que en mis garras caiga, me tiene aquí encerrado hace diez años; libérame, valiente guerrero, y te otorgaré el favor que me pidas.

-Quiero mi licencia -respondió Briones sin vacilar.

-La tendrás; pero destapa, destapa pronto, que es una monstrua anomalía tener arrinconado en éste tiempo de revoluciones al primer revolucionario del mundo.

Briones sacó un poco el tapón y salió de la redoma un vapor mefítico que le subió al cerebro.

Estornudó, y en seguida se apresuró a volver a apretar el tapón con la mano extendida, dando una furiosa palmada, de modo que el corcho se hundió de pronto, estrujando al preso, que dio un grito de rabia y dolor.

-¿Qué haces, vil gusano terrestre, más malo y pérfido que mi suegra? -exclamó.

-Es -respondió Briones- que pongo otra condición en nuestro trato; me parece que el servicio que voy a hacerte lo vale.

-¿Y cuál es ésa condición, pesado libertador? -preguntó el diablo.

-Quiero por tu rescate cuatro duros diarios mientras yo viva. Piénsalo, pues ésta sí que es la de dentro o fuera.

- Por Satanás, por Lucifer, por Belcebú -exclamó el diablo-, miserable, avariento, no tengo dinero.

-¡Oh! -repuso Briones-. ¡Vaya una respuesta para un señorón como tú! Ésa es, compadre, respuesta de ministro. Ni te pega ni me conviene a mí.

-Pues ya que no me crees -dijo el diablo-, déjame salir y te ayudaré a procurártelo como he hecho con muchos otros; eso es lo que puedo hacer por ti. Suéltame, con mil de los míos; suéltame.

-Poco a poco -contestó el soldado-; nadie nos corre, y maldita la falta que haces en el mundo. Ten entendido que te he de tener agarrado por la cola hasta que me cumplas lo prometido, y si no, no hay nada de lo dicho.

-¿No te fías de mí, insolente- gritó el diablo.

-No -respondió Briones.

-Lo que me pides es contra mi dignidad -dijo el preso con toda la arrogancia que podía demostrar una ciruela pasa.

-Pues me voy -dijo Briones.

-Agur -dijo el diablo, por no decir adiós.

Pero viendo que Briones se alejaba, empezó el preso a dar desaforadas vueltas por la redoma, llamando a gritos al soldado.

-vuelve, vuelve, amigo querido -decía. Y para sí añadía: « ¡Que no te cogiera un toro de cuatro años, truhán, desalmado!» Pero seguía gritando-: Ven, ven, benéfica criatura, libérame y agárrame por la cola o por las narices, guerrero benemérito -y seguía murmurando: «De mi cuenta queda vengarme, soldado perverso; y si no puedo lograrlo haciéndolo yerno de la tía Holofernes, he de hacer que ardáis cara con cara en la misma hoguera, o he de poder poco.»

Al ver las súplicas del diablo, volvió Briones y destapó la redoma.

Salió el yerno de la tía Holofernes como un pollo del cascarón, sacando primero la cabeza y sucesivamente todo el cuerpo y por último la cola, de que se asió Briones, por más que quiso encogerla el rabudo.
Después que el ex preso, que estaba bastante entumecido, se sacudió y desperezó, estirando bien los brazos y las piernas, se pusieron en camino para la corte, raneando el diablo por delante y siguiéndole el soldado llevando la cola bien cogida con sus manos.

Llegados que fueron a la corte, díjole el diablo a su libertador:

-Voy a meterme en el cuerpo de la princesa, a quien el rey su padre quiere con extremo, y le daré tales dolores que ningún médico los sepa curar; te presentarás tú entonces ofreciéndote a curarla, mediante la recompensa de cuatro duros diarios, y saldré; al punto se aliviará y nuestras cuentas quedarán saldadas.

Todo sucedió según lo había arreglado y previsto el diablo; pero no acertó a prever que al quererse marchar Briones le agarró por la cola y le dijo:

-Bien pensado, señor, son cuatro duros una mezquindad indigna de vos, de mí y del servicio que os he prestado. Buscad medio de mostraros más generoso. Eso os hará honor en el mundo, donde, perdonad mi franqueza, no gozáis de la mejor opinión.

«¡Que no pueda yo cargar contigo! -dijo para sí el demonio-. Pero estoy tan débil y tan entumecido que ni puedo conmigo mismo. ¡Tengo, pues, que tener paciencia, eso que los hombres llaman una virtud!

¡Oh! Ya comprendo por qué vienen tantos a mi poder: por no haberla practicado. Anda, pues, maldito de cocer, anda, que de la horca has de venir a la caldera, donde todo saldrá a la colada. Vamos a Nápoles, ya que me es preciso ceder para libertar mi rabo, del que no me desprendo porque no me es posible. Vamos, y nos valdremos del arbitrio de antes para saciar tu codicia.»

Todo salió a la medida de su deseo. La princesa de Nápoles se revolvía convulsa de dolores en su lecho. El rey estaba en la mayor aflicción.

Presentóse Briones con la arrogancia del que sabe que el diablo le ayuda. El rey admitió sus servicios, pero puso una condición, que fue que si en tres días no curaba a la princesa, como ofrecía hacerlo con tanta seguridad, sería el presuntuoso doctor ahorcado. Briones, seguro del buen éxito, no puso la menor objeción.

Por desgracia oyó el diablo el trato y dio un brinco de alegría al ver cómo se venía a las manos la ocasión de vengarse.

El brinco del diablo causó a la princesa tales dolores que gritó se llevasen al médico.

Al día siguiente se repitió la misma escena. Briones conoció entonces que el diablo hacía de las suyas y que su intención era dejarle ahorcar.

Pero Briones no era hombre que perdía la cabeza.

Al tercer día, cuando el presunto médico llegó, estaban levantando la horca frente a la puerta del mismo palacio.

Al entrar en la estancia de la princesa redoblaron los dolores de la paciente y se puso a gritar que echasen fuera a aquel curandero impostor.

-Todavía no se han agotado todos mis recursos -dijo Briones con gravedad-; dígnese vuestra alteza aguardar un rato.

Salió en seguida y dio orden en nombre de la princesa que repicasen todas las campanas de la ciudad.

Cuando volvió a la estancia real, el diablo, que aborrece de muerte el sonido de las campanas y que además es curioso, preguntó a Briones:

- ¿A qué santo es el repique?

-Repican -respondió el soldado- por la llegada de vuestra suegra, que he mandado llamar.

Apenas oyó el diablo que llegaba su suegra, cuando echó a huir con tal rapidez que ni un rayo de sol le hubiese alcanzado.

Ufano como un gallo, pero más feliz que el Morón, se quedó Briones cacareando y con plumas.

Autor Desconocido

3

El ANGEL que cayó del cielo

El pequeño Salomón se agarró a las mangas del abrigo de su abuelo zarandeándolas, mientras reclamaba su atención.
- ¡Abuelo, abuelo, cuéntame otra vez el cuento del ángel que se cayó del cielo! Y el anciano sonrió, con ésa paciencia y comprensión que sólo poseen los abuelos. Y mientras sonreía su rostro era surcado por miles de pequeñas arrugas que rodeaban aquellos ojos pequeños y brillantes, que tantas cosas habían visto a lo largo de tan intensa existencia.
- Claro que si, Salomón. Pero ven, acércate al fuego
El anciano abrazó a su nieto mientras señalaba algún remoto lugar en aquel inmenso cielo plagado de estrellas.

- ¿Ves aquellas tres estrellas? -preguntó a su nieto, que asintió en silencio- Pues allí es donde vivía, hace muchos , muchos años, un joven ángel , tan curioso e inquieto como tu. Un día el ángel se acerco a su padre, que era otro ángel mas anciano aun que yo , y le pregunto porque todos los días miraba con tanta añoranza a este planeta azul en el que vivimos nosotros...
- Abuelo, ¿los ángeles viven muchos años?
- Claro que si Salomón , muchísimos años...
- ¿Y tienen papá y mamá, como yo?
- No exactamente Salomón. Verás, en el mundo existen algunos animales, como los peces , o los caracoles , que pueden ser varón y hembra a la vez... y los ángeles son como ellos , o como las células más pequeñitas que tienes en tu cuerpo.
Ellos son papá y mamá a la vez , y cuando llega el momento, crean otros angelitos, igual las células se reproducen a si mismas.
El Universo es como un gigantesco ser vivo, y los ángeles son como las pequeñas células que llevan la vida de un lugar a otro de ése cuerpo...
El anciano echó un nuevo tronco al fuego, y arropando a su nieto con la vieja manta de cuadros verdes y azules, continuó el relato.

- Pues ése día , el joven ángel pregunto a su padre porque todos los días miraba con tanta atención al planeta azul, existiendo tantos planetas en el universo.
Y su padre, que era un ángel muy viejo y muy importante, uno de los primeros de la creación, le respondió que en éste planeta existían todas las cosas buenas y malas de los demás mundos.
Todos los colores, contrastes y sentimientos que existen en el universo.
Y el joven ángel, devorado por su curiosidad adolescente, decidió escaparse esa noche para visitar el planeta azul.
Y así lo hizo.
Viajó, volando con sus alas a la velocidad del pensamiento, que es como viajan los ángeles, y llegó a la Tierra en un suspiro.
Y se preguntó cuál seria el mejor lugar para empezar a conocer la vida del planeta azul.
Y entonces descubrió una remota casita, en una pequeña aldea, en la que una mujer estaba a punto de traer un bebe al mundo, y pensó que ese seria el mejor modo de tomar contacto con el planeta, como lo hacen todos los humanos... naciendo.
Y entonces se coló en el cuerpo del bebe justo un segundo antes de nacer...

- ¿Y al bebé no le dolió, abuelo?
- Claro que no, porque en realidad los ángeles están hechos de la misma sustancia que los sueños. Y solo se hacen materiales cuando ellos quieren, aunque, cuando un humano conecta con ellos, pueden ser tan reales y palpables como un sueño, o como una pesadilla.
Y verdad que los sueños son muy reales?
Pues bien, el joven ángel se acomodo en un rinconcito del alma del pequeño bebe, para sentir la experiencia del nacimiento...
- Pero abuelo, ¿los ángeles no nacen?
- No exactamente, Salomón.
Es como los huevos de las aves. Son creados en un envoltorio exterior a sus padres, no vienen al mundo como lo hacen los humanos, que crecen dentro de la barriguita de sus mamas como si fuesen un trocito de su cuerpo que de pronto tiene vida propia.
Y eso fue lo que experimento el joven ángel. Primero se sintió protegido.
Una sensación de protección y de seguridad que no había sentido jamás.
Se notaba flotando en el vientre de la madre, rodeado de calor y de serenidad.
Y gozo de esa sensación. Se dejo llevar por esa serena placidez que sienten los bebes antes de nacer. Tú te acuerdas de esa sensación, Salomón?
El pequeño frunció el entrecejo y negó con la cabeza. Y después de unos segundos respondió con mucha resolución:
- Claro que no abuelo, eso pasó cuando yo era muy pequeño. Ahora ya soy más mayor.
- Por supuesto, hijo mío -respondió el anciano mientras iluminaba el rostro de su nieto con una inmensa sonrisa, y prosiguió-.

Pues veras, el joven ángel se encontraba disfrutando de esa ingrávida serenidad cuando de pronto todo cambio. De repente vio una luz al final de una especie de túnel oscuro, y sintió una ráfaga de frió.
Y todo comenzó a agitarse.
Noto la corriente que producía el corazón de su madre al bombear a toda prisa, y sintió una sensación de vértigo, mareo y miedo, todo mezclado, cuando unas manos le aferraron por la cabecita. Bueno, en realidad la cabecita del bebe.
Entonces se sintió arrastrar hacia la luz, y hacia el frió.
Y la sensación de seguridad desapareció, y solo sintió miedo, miedo a lo inesperado, a lo desconocido. Era la primera vez que sentía miedo, porque los ángeles no sienten temor.
Entonces ocurría algo extraño.
La enorme luz que lo rodeaba todo le cegó.
En realidad todos los bebes nacen cegados porque están acostumbrados a vivir en oscuridad durante nueve meses.
Te imaginas vivir nueve meses a oscuras y de pronto ser rodeado de mucha, mucha luz?
- ¿Cómo cuando vamos al cine y se encienden las luces al final de la película?
- Si, algo así. Pues bien, como no podía ver, el ángel se concentro en todas las sensaciones que el bebe podía percibir a través de los sentidos.
Y lloro. Lloro con todas sus fuerzas, porque era la unica forma de expresar el frío y el miedo que sentía.
Y mientras lloraba pudo escuchar las voces de los médicos y sintió como le cortaban el cordón que le unía a su mama.
Y entonces sintió mas miedo que nunca, porque por primera vez estaba solo en el mundo.
Pero afortunadamente esa sensación duro poco, porque enseguida noto como lo colocaban sobre un pecho calido y acogedor.
Sintió como alguien lo abrazaba con un calor especial, muy parecido al calor que había sentido en el interior de la oscuridad, y supo que ahora estaba del otro lado, sobre el vientre en que había estado creciendo durante nueve meses.
Y volvió a sentir la sensación de calor, de protección y de seguridad que había sentido unos minutos antes de ser arrastrado hacia la luz.

Y sintió algo mas... una sensación extraña que sentía por primera vez... el amor.
El amor que sienten madre e hijo en el momento de nacer.
Una sensación unica en el universo...
El anciano se detuvo unos instantes en su relato, como si intentase recordar algo, mientras se dejaba embriagar por el fastuoso espectáculo de las mil estrellas que coronaban el firmamento...
- ¿Y que pasó? -inquirió el pequeño.
- Pues que el joven ángel permaneció en aquel cuerpo algún tiempo. Hasta que sintió curiosidad por saber si la mujer sentiría las mismas cosas que sentía el pequeño, así que decidió pasar al alma de la madre, y entonces se sintió invadido por un montón de sensaciones distintas.
Estaba claro que la mujer sentía muchas mas cosas que el pequeño humano recién nacido.
Sintió su preocupación, porque se preguntaba muchas cosas sobre el futuro del bebe; sintió su ligero asomo de amargura, por todo lo que implicaba aquel cambio en su vida; sintió la generosidad, de quien estaría dispuesto a darlo todo, hasta la vida, por su pequeño; sintió la alegría, la infinita alegría de quien ha creado el milagro de la vida desde dentro de si misma...
El joven ángel estaba desbordado, y a la vez fascinado, por tantas sensaciones nuevas.
Y entonces detecto una sensación especial.
Le costo identificar aquel sentimiento entre el torbellino de emociones que inundaban el corazón de la mujer.
Era miedo. Pero no era el miedo que había sentido el bebe al nacer.
Era un temor, una preocupación, una profunda inquietud por alguien que estaba lejos.
Se trataba de su marido, el papa del pequeño bebé, que era soldado en una remota guerra.
Y el ángel sintió una enorme curiosidad por conocer al padre de aquel pequeño y se dejo llevar por los pensamientos de la mujer hasta el lugar donde se encontraba el joven soldado.
Porque las personas que se aman siempre están unidas de una forma muy sutil por sus pensamientos, como madre e hijo lo están por el cordón umbilical. Y así, siguiendo ese cordón de pensamientos, le resulto fácil encontrar al padre del bebe.
- ¿Y dónde estaba?
- En un lugar muy triste y siniestro.
Las guerras son los lugares mas tristes y siniestros del mundo. El ángel se dejo conducir por los pensamientos de la mujer hasta la mismísima alma del joven soldado, para curiosear en sus sentimientos. Y de nuevo fue arrollado por un montón de nuevas sensaciones.
Descubrió el orgullo, casi la vanidad que embargo el corazón del joven soldado cuando recibió la noticia de que era padre de un varón.
Y sintió la esperanza, una sensación nueva.
La esperanza en un futuro incierto, que el joven soldado proyectaba en la imagen de su hijo. Y la añoranza, un sentimiento extraño que oprimía el corazón de aquel humano al recordar el rostro de su esposa y de su hogar.
Y el joven ángel, cada vez mas curioso, se dejo impregnar de aquellas sensaciones tan intensas y tan inesperadas.
Para un ángel curioso todas esas emociones son embriagadoras. Así que decidió quedarse cerca de aquel cuerpo algún tiempo.

Y una noche, una noche fría como el nacimiento, descubrió otros sentimientos humanos...
- ¿Qué pasó, abuelo?
Ahora era el anciano quien fruncía el entrecejo, intentando ganar tiempo para poder encontrar las palabras que hiciesen comprensible lo incomprensible...
- Pues esa noche el joven soldado tenia que participar en una batalla. Y el ángel pudo sentir de nuevo el miedo, pero un miedo diferente, mas frió, mas impersonal.
No era un temor a nada en concreto, sino mas bien una especie de compañero que parece implícito a todos los soldados que van a entrar en combate.
Una sensación agobiante, amarga y pesada que parece adherirse al cuerpo como la ropa mojada. Pegándose como una segunda piel que te oprime y casi no te deja respirar.
Pero sintió mucho mas. Sintió una especie de orgullo forzado. Un intento desesperado que el joven militar hacia para auto-convencerse de que hacia lo correcto.
Y noto algo llamado patriotismo, una justificación que el soldado y todos sus compañeros forzaban en sus corazones para encontrar el valor necesario.
Y sintió otra sensación terrible, el odio.
Un odio tan ficticio como visceral y primitivo, que los jóvenes soldados tienen que encontrar en lo mas profundo de sus corazones para poder cumplir con su deber de soldados. Y pudo notar como ese odio era liberado como una fiera hambrienta.
Una fiera que iba apoderándose de todos los rincones del alma y que poco a poco iba obnubilando la conciencia.
Y se dejo llevar, junto con el soldado, por aquel feroz sentimiento.
Y toma su arma, y salio al campo de batalla, y corrió, corrió como un tigre, disparando y gritando casi a ciegas para intentar acallar los susurros que le llegaban desde lo mas profundo de su conciencia. Susurros de reproche, que enmudecían ante los bramidos que proferían todos sus compañeros entre el barro de las trincheras: Patria!, ¡honor!, ¡bandera...!.
Y sabes lo mas curioso? Pues que cada una de esas palabras realmente tiene un sentimiento.
Y así el joven ángel pudo sentir el orgullo y el compromiso que pueden producir en el corazón de un soldado un trozo de tela de colores, o un uniforme. Hasta que de pronto todo cambio....

- ¿Qué cambió, abuelo?
- Todos los gritos, el honor, la bandera... de pronto todo se silencio cuando el joven soldado callo dentro de una trinchera, y se encontró cara a cara con otro soldado.
No era tan joven, y vestía un uniforme diferente, pero tenia un arma muy parecida, y entonces el ángel pudo notar como en el corazón del muchacho surgía un nuevo sentimiento: supervivencia. Esa era una sensación aún más extraña que las anteriores; como una tormenta en el alma, en la que se mezclaban el miedo, la añoranza, y el odio al enemigo que debía justificar los actos del soldado.
Y detectó la duda.
La inseguridad que sentía el joven militar al enfrentarse a la responsabilidad de tomar una decisión por sí mismo, sin ordenes ni mandos... debía matar o morir.
Y entonces se empapó en aquella fantasía de odio que generaba su corazón, y se aferro al honor, a la bandera y a la patria, para encontrar fuerzas y apretar el gatillo.
Y lo apretó. Y un sonido atronador lo lleno todo, como la explosión de una estrella, como el bramido de una ola a romper contra las rocas, como el rugido de un león en la selva mas frondosa.
Era el sonido de la muerte.
La muerte que abrazó al soldado del uniforme diferente mientras caía al suelo como un traje que se cae desde la percha que lo sostenía, vació y flojo.
Y entonces el ángel experimento en el corazón del joven soldado otra nueva sensación, amarga, desagradable, pesada: el arrepentimiento.
Una tremenda congoja que oprime el pecho hasta producir dolor, una tristeza infinita que lo envolvía todo, y que parecía enmudecer el fragor de la batalla.
Y el joven soldado callo de rodillas al lado del enemigo, mientras sus ojos se empañaban por las lágrimas, haciéndolo todo borroso, tan borroso como en un mal sueño.
- ¿Y qué hizo el ángel?
De nuevo el anciano abrazó a su nieto, arropándolo con la gruesa manta de lana que cubría sus piernas.
Después suspiró profundamente y continuó su relato.

- Pues la verdad es que el ángel se sentía confuso. Los Ángeles no están acostumbrados a tantos sentimientos. Pero estaba fascinado, y pudo ver, a través de los ojos empañados del joven soldado, como el enemigo extendía su mano hacia él.
Y como el lloroso militar dejaba caer su fusil y tomaba aquella mano que le ofrecía el hombre al que acababa de disparar, mientras clavaban sus miradas, el uno en los ojos del otro.
Y el arrepentimiento fue todavía mayor.
Entonces el ángel sintió una infinita curiosidad por saber cuales serian las sensaciones de aquel ser terrible, cruel y maligno que, según los pensamientos del joven soldado, debería ser el enemigo.
Porque el enemigo, en el corazón de los soldados, siempre ha de imaginarse como un ser maligno al que deben destruir. Y se dejo caer, a través de las miradas que ahora unían a aquellos dos soldados hasta penetrar en el alma del enemigo.
Y se sorprendió. Se sorprendió al descubrir que aquel ser terrible en realidad tenia los mismos sentimientos que había descubierto en el padre del bebe.
Tenia los mismos miedos, y el mismo odio, y la misma justificación cementada en una bandera y un uniforme... eso sí, una bandera y un uniforme de diferentes colores.
Y curiosamente aquel hombre, cuya vida se estaba fugando a través del agujero en el pecho que no cesaba de manar sangre, también tenia hijos... dos hijos, y un nieto recién nacido, como el bebe del joven soldado.
Y ahora sentía la misma añoranza, y el mismo temor. Temor a un futuro incierto en el que él ya no podría proteger a sus pequeños.
Y el ángel descubrió un sentimiento nuevo, la responsabilidad.
El compromiso que un padre asume para proteger y cuidar a su familia. Y sintió de nuevo aquella sensación tan intensa: el amor. El amor que aquel hombre a punto de morir sentía hacia su esposa y hacia sus hijos, que ahora estaban a miles de kilómetros.
Pero también un extraño amor que ahora manaba del mismo corazón que un instante atrás ocupaba el odio hacia el hombre que le estaba robando la vida. Porque aquel soldado, que se hundía en el barro de la trinchera mientras la vida se le escapaba del cuerpo, se hacia consciente en ese instante de lo absurdo y ficticio de su odio al enemigo.
En los últimos segundos que le quedaban de vida quien tomaba su mano, con los ojos cubiertos de lagrimas, era el enemigo al que sus compañeros le habían enseñado a odiar.
Era el hombre que le había hurtado la existencia al dispararle en aquella trinchera.
Pero el soldado moribundo también era consciente de que, de haber sido mas rápido, habría sido él quien habría disparado sobre el joven soldado que ahora le consolaba.
Y seguramente en ese momento sentiría la misma infinita amargura, el mismo desconsolador arrepentimiento, y la misma furiosa tristeza, que reflejaban los llorosos ojos de su enemigo.
Y entonces el ángel descubrió que el corazón humano encierra muchos otros sentimientos, como el perdón. Y en ese perdón el joven y curioso ángel detecto una enorme generosidad, y una sensación de ingravidez y de libertad desconcertante.
Pero no esa sensación de ingravidez y de libertad, que habían nacido en el perdón, no se limitaban al corazón del soldado que ya estaba siendo arrebatado por la muerte.
Era una sensación que parecía cubrir totalmente al soldado herido. Era una especie de vacío que de pronto se vio envuelto en una luz enorme.
Una luz intensa al final de una especie de túnel por el que el soldado moribundo se sintió arrebatado. Y el ángel pudo experimentar de nuevo esa sensación de vértigo, de temor y de velocidad al ser proyectado hacia la luz que le esperaba al final de aquel nuevo túnel.
Un túnel muy parecido al que vio en el nacimiento del bebe, y entonces fue consciente de que después de morir, los humanos vuelven a nacer a otra vida diferente, como en un enorme ciclo, y decidió dejarse llevar por la curiosidad y acompañar al soldado muerto en su nuevo viaje.
Y al llegar al final de la luz...

Justo en ese instante una voz femenina cortó bruscamente el relato del anciano. Una voz femenina que pronunciaba su nombre, y el del pequeño Salomón con un ligero tono de reproche...
- Vaya!, parece que tu madre nos esta llamando. Creo que ya es hora de que te vayas a dormir, pequeñuelo.
- ¡No, abuelo! Cuéntame sólo lo que pasó al final con el ángel...
- Pues veras, después de muchas aventuras, y de descubrir muchos sentimientos, se sintió demasiado atraído por este planeta.
Así que decidió volver hasta allí arriba, hasta aquellas tres estrellas, para decirle a su padre que ahora comprendía su fascinación por el planeta azul. Solo que el joven ángel estaba mucho mas enamorado de este mundo que el ángel anciano, y había decidido regresar al planeta azul.
Y esta vez para quedarse.
- ¿Pero los ángeles pueden vivir en la tierra?
- Claro que si. Lo único que tienen que hacer es entrar en el cuerpo de un humano que acabe de morir. Es como un pacto entre caballeros. El humano, que debe seguir su viaje en otro lugar, le presta al ángel el traje que ha utilizado aquí, el cuerpo, y así esa es la unica forma en que un ángel puede experimentar en si mismo, y no a través del alma de otro hombre, los miles de sentimientos y emociones que hacen de este planeta un lugar único en todo el universo.
Solo que, cuando un ángel decide caerse del cielo para vivir en un cuerpo, debe adquirir un compromiso: Nunca mas podré volver a utilizar sus alas para volar de cuerpo en cuerpo, y debería aprender a vivir y a sentir como un humano mas... lo que no es poco.
La voz de la mujer volvió a reclamar al pequeño Salomón, ahora un poco más enérgicamente que antes.
Y el anciano besó en la mejilla a su nieto, como invitación inequívoca a que entrase en la casa.
- Me encanta éste cuento abuelo.
- Lo sé hijo mío. Pero ahora debes irte a la cama. Mañana te contaré más aventuras del ángel que se cayó del cielo.
Y el pequeño Salomón se dirigió feliz y a la vez impaciente hacia la casa. Cuanto antes se acostase, antes se haría de día, y podría seguir escuchando las historias del ángel que se calló del cielo de labios de su abuelo.
Y mientras seguía con la mirada a su nieto, hasta perderse tras la puerta de la cabaña, el anciano se acariciaba la vieja cicatriz que tenía en el pecho. Una cicatriz que portaba desde que años atrás, en una terrible batalla, un joven soldado le había disparado a quemarropa, en una siniestra trinchera...

Autor Anónimo